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Una experiencia de agua

Un hermoso relato de una sesión de Terapia Acuática, por Ariel Pytrell, escritor y dramaturgo. Gracias!

La mañana se presenta espléndida. El inconfundible olor de las piletas no respeta el límite de los vidrios. Una mujer esbelta se acerca caminando desde la pileta y sus labios imitan mi nombre, para verificar mi identidad. Yo me presto al mismo juego, pues el vidrio nos separa y, como ella, sin emitir la voz, dibujo su nombre con mis labios: «Magdalena». Sonrisas de encuentro. Abre la puerta y, ahora sí, nos saludamos formalmente. Ya estamos presentados, sólo falta entrar y comenzar la sesión de masaje acuático. Mientras caminamos, siento que es muy fácil entrar en sintonía con ella, pues conserva cierta distancia y, a la vez, se acerca al alma. En el borde de la pileta, me da las recomendaciones de rigor: entre otras cosas, me dice que la sesión terminaría cuando ella me pusiera en posición vertical. Yo deseo sumergirme en la experiencia. Mis pies tocan la tibieza del agua. Entro en la pileta.

El agua me recibe. Magdalena me coloca los flotadores en cada pierna. Cierro los ojos, comienzo a sentir la ingravidez. Cierro los ojos, sólo oigo el murmullo nítido de personas hablando en la otra pileta. Cierro los ojos y, ahora, mis oídos entran en el agua: oigo mi propio corazón, cercano y lejano al mismo tiempo, como Magdalena. Confío en el agua: acaso me descubra una verdad.

Comienza la sesión. No hay palabras y, sin embargo, se comprende todo. Magdalena me sostiene: una mano, en mi cintura; la otra, en mi nuca. La emoción llega, la emoción emerge como otra especie de bautismo: estoy lleno de agua. Agua por fuera, agua por dentro. Floto, no sé dónde estoy, pero recobro una certeza impronunciable, allí, en el agua, entre las maniobras amables de Magdalena.

Pronto descubro mis tensiones, mis dolores musculares (Dios, ¡hace tanto que maltrato la casa de mi cuerpo!). El dolor me trae la mente, que me toma por asalto. Parece que Magdalena se da cuenta: manos sabias, tibias, fluyentes como el agua que nos sostiene y, también, nos une y nos diferencia. Masajea mi entrecejo, señal de que la mente está preocupada por controlar lo que no conoce. Magdalena enlaza su cintura con mi brazo, mueve mis articulaciones con extrema precisión; ahora, realiza la misma acción con mi otro eje (lo recuerdo, lo recuerdo…). Sé que me hace girar en círculos en el agua. Ignoro los puntos cardinales, pero no me importa nada de eso. Magdalena relaja mis tensiones (el agua relaja mis tensiones). Vuelven las certezas, la confianza. Y una inédita necesidad de sumergirme por completo.

Los colores se presentan en mis ojos cerrados: ¿se puede imaginar el color del agua, el olor del agua, el sabor del agua, cuando esta —dicen— es incolora, inodora, insípida? Los colores estallan en mis ojos de agua y se mezclan con el aroma del agua, el sabor del agua… Dios, ¡cuánto bien hace a mi cuerpo el agua, las manos sabias de Magdalena, que apuntan intuitivamente a las tensiones, que masajean mis músculos! Percibo su respeto, y crece en mí una notable impresión sobre ella: su proximidad me hace reconocer cuánto participa de lo Maternal, mucho más allá de su ciencia y de su oficio.

Un niño, me siento un niño en su fortaleza amniótica (o, con cierta frialdad intelectual, acaso sea un adulto que recupera esa memoria atávica del origen antes del principio, esa «experiencia oceánica»). El tiempo se suspende, es una especie de presente. Frío, ¿frío? Sí, la temperatura es diferente en ciertos sitios. ¿Estoy desplazándome? Parece que Magdalena me transporta, y yo me dejo llevar por las distintas sensaciones de ingravidez y movimiento que propicia el agua. Me aflojo; me dejo sostener; fluyo; soy, cada vez más, agua. Siento cómo mis vísceras se reacomodan; oigo la amable explosión de la voz del agua que me susurra en el vaivén del movimiento.

La sesión llega a su fin. Magdalena intenta lo imposible para las leyes del estado líquido: ponerme vertical. Algo cambió (¿una burbuja?, ¿un estado?). Comienzo a percibir la densidad del ambiente aéreo. No bien mis oídos salen del agua, percibo el bullicio del entorno (Magdalena me pide disculpas por una clase paralela e inesperada, pero nunca tuve idea de que aquello estuvo allí desde el comienzo de mi sesión). Abro los ojos. Tardamos bastante en movernos. Magdalena me enseña una forma de moverme hacia la salida sin cambiar el estado interior. Nos quedamos dentro del agua cerca del borde, justo donde sale el chorro caliente que alimenta la pileta. Me deja hablar. Escucha. Y responde. Hablamos un buen rato, hasta que llega lo inevitable: salir de la pileta, abandonar el agua. Luego, una ducha bien caliente, secarme y vestirme de urbano. Y, más tarde, despedirnos, como si fuéramos antiguos conocidos.

Ahora, ahora mismo, cuando recupero la experiencia y tomo conciencia del trajín de mi mañana, me doy cuenta de algo: la sinceridad sana las heridas; el agua es sincera; el agua es sanadora. Y entro en el día con agradecimiento interior: estoy vivo y recién he comenzado a realizar aquello por lo que he venido a este mundo.

A.P.

 

(Y ahora, también, me doy cuenta de algo más: Magdalena fue la primera persona, además de mis hijos, en tocar la cicatriz de mi cintura: como mis hijos, lo hizo con amor y delicadeza —¿con veneración?—. Gracias por permitirme la experiencia).

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