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La vida en el agua y las clases

Una entrevista a Magdalena Sanz, psicóloga y terapeuta corporal que junto a un equipo de docentes especializados propone el aprendizaje acuático basado en el placer, la exploración y el juego.

Una biografía del agua – La técnica y el proceso de las clases – El lenguaje de lo corporal – La transición a nadar solos 

El día de la entrevista amenazaba con lluvia. La cita era en un natatorio: un bello lugar de la calle Corvalán, en Martínez, provincia de Buenos Aires, a unas cuadras de la escuela Waldorf «Perito Moreno». Apenas entramos, tres mesitas invitaban a sentarnos y charlar. Pero el ventanal, desde donde veíamos a los chicos cómo disfrutaban del agua, llamaba a sentarnos frente a él y ser testigos del eterno juego entre hijos y padres con ritmo de alegría. Llegamos en medio de una sesión de Natación para bebés y niños, de la que participaban también madres y padres.

La clase terminó. Magdalena nos descubrió, llegó hasta nosotras, nos saludó y se internó en el vestuario para cambiarse. La esperamos sentadas a las mesitas. Un poco después, apareció con unos cafecitos humeantes. Encendimos el grabador. Comenzó la entrevista.

Llamó nuestra atención un hecho, para nosotros, revelador. Tanto los niños como sus padres estaban «a la misma altura», se miraban mutuamente a los ojos desde un mismo nivel, como si el agua, que los sostenía a todos, no hiciera diferencias de tamaños, volúmenes, edades, algo que no sucede comúnmente en «tierra firme». 

A través del vidrio, observamos mucha conexión en cada díada hijo-madre o hijo-padre, y mucho juego y placer: se notaba en sus caras, en sus movimientos y risas. Vimos a bebés en brazos todo el tiempo, y niños que iban y venían de los brazos de sus padres al mundo agua, para volver al abrazo protector felicitados por la audacia y la conquista. Ninguno de los niños lloraba, parecía que nadie estaba incomodo; al contrario, el clima era armónico y alegre.

No conocíamos físicamente a Magdalena, pero la descubrimos en el agua al ver cómo se manejaba con cada díada: daba alguna pauta, alguna recomendación, algún gesto de confianza. En un momento, tuvimos la necesidad de acercarnos para escuchar los ruidos desde la pileta, pero contuvimos el impulso, preferimos imaginarnos cómo serían esos ruidos desde donde nos encontrábamos.

La clase terminó. Magdalena nos descubrió, llegó hasta nosotras, nos saludó y se internó en el vestuario para cambiarse. La esperamos sentadas a las mesitas. Un poco después, apareció con unos cafecitos humeantes. Encendimos el grabador. Comenzó la entrevista.

Una biografía del agua

¿Qué representa el agua para vos?
El agua es un ámbito de placer, donde todo se potencia; además ofrece un descanso de la pesadez de la gravedad terrestre y permite una cantidad de sensaciones y movimientos que la vida terrestre no habilita. También potencia la verdad y la sinceridad, porque el agua nos espeja tal cual somos: ningún adulto puede disimular sus sentimientos en el agua. El agua te sincera, porque compromete la respiración y porque tenemos un bebé en brazos: si tenemos miedo, el miedo se ve en todo el cuerpo, y esto es muy positivo  porque todo lo que aflora —los miedos, las ansiedades etc.— es material para trabajar e integrar. El agua pone en evidencia, hace aparecer las dificultades y, también, las herramientas para afrontarlas.

¿Cómo empezaste con el agua y tu profesión?
Tuve una infancia muy acuática, tengo fotos de mi madre —Martha Sanz— conmigo bebé en el agua: esa información corporal fue vital para mí. Luego, hice una carrera muy mental, como es la Psicología, pero luego de algunos años volví al cuerpo, comencé a dar masajes, y recién ahí empecé a sentir que estaba trabajando de psicóloga, que podía transformar muchas más cosas a través de la corporalidad y la capacitación. Cuando me embaracé de mi hijo Sasha nadé los nueve meses,  mientras colaboraba con mi madre para sus conferencias: filmaba, sacaba fotos y armaba material para cursos y congresos, pero mi verdadera licenciatura fue ser mamá y transitar el agua con mi hijo. Mis maestros fueron mi madre y mi hijo. Mi madre es maestra de alma. Cuando yo hice mi propio camino como madre, me encontré también con mi maestra interior.

¿Cuánto hace que se practica la natación con bebés en nuestro país?
Mi madre inicia el trabajo sistemático con bebés en 1987, pero en el mundo occidental florece ya desde los años 60, y las primeras investigaciones médicas son de los años 50. Cada lugar tiene una impronta diferente, una identidad en cuanto a cómo abordar la natación con los bebés: de manera sólo recreativa, como enseñanza o como salvataje, como en Estados Unidos, donde la tendencia es más adiestrar a los niños para que floten boca arriba. Nosotros tomamos la línea de trabajo de Francia pues, si bien es recreativa, tienen muy desarrollado en otros ámbitos el abordaje de lo emocional, lo que en el agua es primordial y, por lo tanto, mucho más integral. También la Pedagogía Waldorf es central en nuestra concepción del mundo infantil.

¿Creés que el tipo de nacimiento determina una diferencia en los bebés y su encuentro con el agua?
Sí, absolutamente. Todo dato pre y post natal es significativo: si ese bebé fue esperado; qué orden de nacimiento tiene en la familia; cómo es en el baño diario; qué le gusta; qué no; qué preparación tuvo; qué vínculos tiene, etc. Todo el entorno modifica el nacimiento y eso se ve en los miedos, en la soltura, en el vínculo con el hijo. Insisto, el agua sincera. Todos estos datos quedan registrados en la ficha de ingreso de cada niño, a la que volvemos varias veces a lo largo del proceso.

Y ¿si el bebé tiene miedo al agua?
El bebé en sí es acuático por naturaleza, el ámbito conocido para él es el medio líquido del vientre materno. Luego del nacimiento, el bebé expresa el contacto y la emocionalidad del adulto que lo sostiene, por eso allí tenemos que apoyar. El miedo al agua no es innato en el ser humano, sino aprendido del mundo adulto. Tenemos que trabajar la confianza del adulto, los niños son muy libres en el agua y llenos de disfrute. El temor es del adulto y se entiende, porque el agua compromete la respiración.

¿Hay algo que no debe enseñarse en natación con bebés y niños?
Todo se puede enseñar, pero hay que tener en cuenta la necesidad cultural de lo que se espera de ese bebé: si para la familia, por el entorno en que vive, es fundamental que el niño aprenda a nadar, eso será lo valorado. En las culturas en cuyo entorno hay agua, los niños aprenden a nadar como a caminar, de manera natural. Se trabaja mucho la expectativa de los padres en el momento de comenzar, se trabaja con la familia. Hay mucho para hacer y ofrecer, desde este lugar, a los padres, ayudarlos a encontrar formas creativas de dar libertad sin perder atención.

La técnica y el proceso de las clases

¿Cómo son tus clases?
Las clases tienen una planificación didáctica, pero esta es flexible para integrar toda la actividad espontánea de los niños y el estado grupal del día. La propuesta es siempre lúdica: para trabajar sostén y apoyo jugamos a que los padres son árboles de brazos desplegados como ramas que se balancean en el agua y los bebés y niños son monitos que juegan a sostenerse. Trepar el cuerpo de mamá o papá es uno de los juegos preferidos.

Es decir, ¿también son clases para los papás?
En realidad las clases son para los padres. Es básico ver qué necesitan ellos: además de ofrecerles un entorno recreativo, hay mucho lugar para la información sobre desarrollo infantil, para crear el diálogo del cuerpo, la confianza que creemos que es enriquecedora para los niños. Ayudamos a los padres para que el vínculo con los hijos se potencie. Cuando llegan los padres, les preguntamos muchas cosas, el agua hace aflorar los miedos primarios humanos inconscientes y es fundamental reconocerlos e integrarlos para mejorar la calidad del sostén del adulto. Nosotros somos facilitadores del juego y de la comunicación, y los padres y los bebés se ven enriquecidos en el vínculo a partir del encuentro en el agua.

¿Qué información reciben los padres?
La información que brindamos en las clases tiene que ver, sobre todo, con lo vincular: cómo sostenerlo en el agua, cómo acompañarlo sin esfuerzo, cómo buscar el propio bienestar: damos pautas sobre el desarrollo evolutivo, el apego, la construcción de la independencia, lo esperable para cada edad. Ayudamos a los adultos a entender por qué somos como somos. Para nosotros, los docentes, es una manera de organizar el grupo y ver qué necesitan como adultos que acompañan el crecimiento de sus hijos. Es muy importante que sepan el porqué de lo que hacen, cómo la aparición de habilidades o los cambios de conducta en los niños tienen que ver con el crecimiento. Y además de todo esto, enseñamos a nadar!

Magdalena nos muestra la ficha de evaluación y las encuestas que se entregan a los padres, herramientas de comunicación para favorecer el espacio de reflexión sobre la actividad. La propuesta no es sólo el logro de habilidades para sus hijos, sino  un espacio en el que a los padres se les facilite observar y también leer sobre lo que comparten en el agua.

Compartir el agua y la lectura es algo especial de la actividad, porque se despliega algo especial en el alma y, también, porque el compromiso con la actividad que desarrollen los padres genera algo diferente en el vínculo.

Todo el año y especialmente en verano trabajamos también en función de la seguridad acuática: aunque los niños sean hábiles acuáticos la responsabilidad de la mirada es del adulto. Les recomendamos que los dejen libres, pero siempre debe haber un sostén desde la mirada y la atención.

¿Qué observás como conducta de los niños en el agua?
Se ve mucho la conducta de apego en el agua: cómo permite (o no) el adulto que el bebé se «abroje». Debemos entender que hay días en los que pasan cosas diferentes, porque al papá que está en agua también le pasan cosas diferentes. Cuando los padres están cansados, se les nota en el cuerpo: el agua hace aflorar cómo es ese día en ellos. La cantidad y variedad de juguetes y elementos flotantes también determina la actividad y el tono del día.

Y ¿qué se trabaja con los niños?
Se trabaja el equilibrio, la verticalidad y la horizontalidad, los cambios de postura. El agua aporta información anímica y corporal, el agua otorga envoltura y versatilidad. El cuerpo del niño pequeño sabe naturalmente que puede correr por la colchoneta y saltar al agua, y también sabe que esto no puede hacerlo en tierra. También aprende que si se cae en el agua no le duele. Los bebés son más del agua que de la tierra. Para ellos es como si volvieran a un lugar de seguridad que reconocen: el agua del útero de mamá; es estar de nuevo en un entorno que les da mucho bienestar corporal, un contacto permanente y envolvente donde hay una gran libertad para explorar.

El lenguaje de lo corporal

¿Qué pueden llevarse los niños, como aprendizaje, en tierra firme?
Todo lo que aprenden en el agua se transfiere a la vida cotidiana, porque se transforma lo vincular y el agua está en todas partes. Esto es abrirle las puertas al adulto para disfrutar el agua en todas las circunstancias: en el baño diario, frente a la lluvia, regando el jardín…

Esto se va trabajando a partir del diálogo tónico, el diálogo de los cuerpos: es confianza que se construye, que va más allá de lo que se puede elaborar más tarde con el intelecto. Incluso el estar integrados los niños de entre 0 y 3 años, la sola convivencia del grupo da mucha información sobre qué puede hacer un bebé más grande que el mío, que llegará a esas habilidades; desde la singularidad de cada uno reconocer, en el juego grupal, la diferencia de la corporalidad de cada niño, y construir la confianza en otros adultos y otros niños.

Magdalena nos cuenta que la adaptación a la tierra es mas fluida cuando hay contacto con el agua, las experiencias son mas ricas porque a los adultos los conecta con lo poderosos que son los bebés, y con la sustancia que otorga el agua, que también sostiene, como la mirada y las manos de los papás.

¿Por qué el agua permite esta forma de adaptación en la tierra?
El bebé recién nacido necesita profundamente el agua, volver a lo blando, lo envolvente,  lo conocido, es muy seco y muy duro este mundo al llegar. Los bebés necesitan confiar al ser tocados, sostenidos: estas son informaciones corporales que el agua habilita. Si el adulto no acerca el niño al agua, el agua no llega a él. Si no hay una reflexión y un disfrute, el baño se transforma en un caos diario. El agua es también útil para las fiebres, acompaña el proceso de aliviar y sostener lo sano de la fiebre. El agua es ilimitada. Más allá de todo lo que uno crea del agua, siempre hay más: es versátil, contenedora, sostiene, es amable, no duele, acompaña, habilita, es un medio, comunica.

Había pasado una hora desde que comenzó la entrevista. Como el lugar cerraba, debíamos irnos de allí. Salimos a la calle. Llovía a cántaros, nos mojamos, pero seguimos charlando. Entramos en el barcito de la esquina y allí, ante un nuevo café, continuamos con la entrevista.

La transición a nadar solos

¿Los papás perciben los cambios rápidamente?
El tiempo de atención y aprendizaje de los niños pequeños es corto, necesitan repetir las experiencias para integrarlas, por eso creamos conciencia de la importancia de mantener la frecuencia de clases y de que cualquier actividad que se quiera impregnar tenga esta forma: reproducir en casa, en el baño, las canciones, los juegos. Así van incorporando el mundo del placer y del encuentro. Si el agua facilita jugar, pasarlo bien, compartir, reír, eso se lo llevan para la vida. Estos niños están relacionando desde el inicio el placer con el aprendizaje, y con los papás en el agua.

¿Hay algún momento en que los niños están solos en el agua con la profesora?
Alrededor de los tres años llega el tiempo en que los padres salen del agua y los niños se integran a un grupo pequeño solos con un docente. Es importante que, luego, aprendan con otros adultos: una transición del mundo familiar al mundo social más amplio, y ésta es la diferencia entre la transición y la adaptación. ¡Cuánto mas bello es una transición a una adaptación! El padre varón acompaña muy bien esta separación, igual o mejor que la madre, que es por naturaleza más fusional.

Y ¿qué aprenden los niños luego de los tres años?
Cuando llegan los tres años y están solos con un docente, los niños comienzan otros aprendizajes. Pasamos a la pileta chiquita donde hacen pie, les restamos dificultades motrices para dejar espacio a otros aprendizajes: a estar en grupo sin la presencia de los papás, aprender a explorar solos, aprender a escuchar, a esperar y cuidar al otro… Hay que trabajar, primero, la confianza y la apropiación paulatina del nuevo espacio para incorporar, luego, otras cosas.

¿Por ejemplo?
Trabajar el equilibrio es un tema que nos llevamos para la vida adulta, para dar luego lugar a la ecuanimidad. El agua es muy amable y propicia incorporar el equilibrio desde la vivencia. Este centro lo da la conciencia del sentir y, en esta edad, el cuerpo sostiene todo lo demás. Todo lo que llegue por la piel me construye y se incorpora, el entorno me conforma y me nutre. Luego, con el lenguaje, se incorporan otros elementos. En los adultos, normalmente el recorrido del aprendizaje es inverso: primero apela a lo intelectual, y esto es limitado.

¿Por qué otras experiencias pasan los niños?
El silencio es una experiencia muy interesante. Permitírselo como momento de incorporación de experiencias es muy enriquecedor para padres y niños. Proponemos el aprendizaje rítmico tanto con canciones, como con el aprendizaje del silencio y la quietud. En una clase hay ritmos: algo comienza, crece y termina. En los niños es muy bello el silencio corporal: algo llama su atención y todo el cuerpo se detiene a observar, está abierto a incorporar una experiencia y, como adultos, hay que esperarlos, no sacarlos de ese estado. Trabajamos también con cuentos, acercar a los padres el desarrollo de ese tiempo mágico de encuentro con sus hijos que se da partir de los cuentos.

La entrevista ya debía terminar. La sensación fue que el tiempo se nos había escurrido entre los dedos. Nos dimos cuenta de que, tal como Magdalena había asegurado con respecto al agua, también el aire puede ser sincero: lo habíamos respirado esa mañana con la entrevista a Magdalena. Nos despedimos y nos fuimos cada una a sus distintas actividades. Mientras tanto, llovía, llovía, llovía…

Entrevista: Mariana Giménez y Ofelia Greco

Para la revista inédita El Fénix de Oro

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