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La imitación: ¿es el niño actor o autor de su aprendizaje?

“Del mismo modo como el agua refleja árboles, montañas y nubes, el alma del niño recepciona todo aquello que lo rodea.”

Martha Heimeran, La religión del niño pequeño.

Todas las áreas de desarrollo mencionadas [motricidad, socio-afectividad, cognición] se entretejen en el niño a partir de una fuerza singular presente en él desde su nacimiento: la imitación.
Tenemos para esta palabra dos acepciones: representar y reproducir. Comúnmente se considera a la imitación del niño en el primer sentido, como  un comportamiento en el cual está copiando algo que ve y le interesa momentáneamente. Es una visión del niño como actor que sigue un recorrido predeterminado, que él repite y representa a su manera.
En nuestra experiencia, que concuerda con el punto de vista del estudio del hombre antroposófico, se trata más bien de la segunda acepción, una facultad de reproducir, de re-crear el mundo: “la imitación no es meramente hacer lo mismo, o hasta un pasivo asimilar y reflejar, sino que es transformación activa de impresiones. El niño tiene que imitar, responde, repitiendo aquello que recibe a modo de impresiones: nosotros lo llamamos juego.”[1]
En nuestra visión, el niño es autor, escultor de su propio cuerpo: a través de la capacidad imitativa “se adapta a cada finura de aquello que percibe, y participa”, y cada gesto genera en él hábitos interiores.

El niño es libre de configurar su cuerpo, y obra en el mundo impulsado por esta intensa y siempre presente fuerza interior. Sin embargo, no imita indiscriminadamente, sino sólo aquello que está dentro de lo que puede abarcar en cada etapa evolutiva de su desarrollo. El descubrimiento del funcionamiento de las ya mencionadas neuronas-espejo fundamenta esta afirmación, ya que son vías nerviosas que se activan en el cerebro no sólo cuando el niño realiza un movimiento, sino también cuando lo observa.
Al decir de Steiner, “el niño es un fino observador e imitador del su entorno” sin tener conciencia de ello y sin ninguna definición moral de lo que se le presenta: llega al mundo completamente confiado en que lo que lo rodea está allí para él y es digno de imitación. La suya es una entrega confiada, devota, llena de amor al mundo sólo por el hecho de estar allí. Esto nos desafía como adultos a cuidar cada detalle de sus espacios de aprendizaje porque de ellos tomará todo lo que es; y también nos focaliza en la importancia de desarrollar nosotros, padres y maestros, un camino interior digno de ser imitado, con la certeza de que cada gesto nuestro, lo que somos y lo que hacemos, es una semilla que brotará en él.

[1] Brigitte Nitsche, Las fuerzas de imitación en el primer septenio, artículo disponible en www.medicosescolares.com.ar

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